¿Cómo se produjo la invasión de conejos en Australia?


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Cada vez que se habla de especies exóticas invasoras, el ejemplo que sale a colación es el evento de invasión que sucedió en Australia con la introducción de los conejos europeos. No solo se trata de uno de los episodios más icónicos de la historia de las invasiones biológicas en el mundo, sino además de uno de los sucesos ecológicamente más traumáticos de que se tiene constancia.

La llegada del conejo a Australia
Los primeros conejos llegaron a Australia en 1788. Fueron cinco ejemplares de conejo doméstico que desembarcaron en la Bahía Botánica; viajaban en los once navíos de la Primera Flota —y con ellos, también se introdujeron otros animales nuevos, como las ratas—. Su origen eran las islas británicas, territorio que, además, había sido colonizado por conejos varios siglos antes, desde el continente europeo.

Desde aquel desembarco, continuó la introducción de conejos domésticos en Australia hasta en 90 ocasiones distintas y durante más de 70 años.

Se pensaba que estas introducciones de conejos domésticos fueron el origen de la invasión sucedida después, un evento devastador para los ecosistemas australianos. Sin embargo, un estudio reciente publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) ha podido arrojar luz sobre estos sucesos, y ha mostrado que la mayoría de estas introducciones de conejos domésticos no tuvieron un peso real en la invasión.

El problema de la domesticación
Es importante diferenciar aquellas especies o variedades de animales domésticos, de los animales silvestres que viven en un entorno doméstico. El proceso de domesticación no se logra en unas pocas generaciones, requiere de mucho tiempo y de una fuerte selección artificial por el ser humano.

Es decir, un animal silvestre no se convierte en doméstico solo por sacarlo del medio salvaje e introducirlo en un entorno de cautividad. Son animales domésticos el perro, el gato, el caballo o, en el caso del que hablamos, el conejo. A pesar de que existen animales silvestres que pertenecen a la misma especie —el lobo, el gato montés, o los caballos y conejos salvajes—.

Lamentablemente, la tenencia de animales silvestres en entornos domésticos como mascotas es relativamente común. Loros, tortugas, mapaches, zorros, o incluso petauros del azúcar, animales que no han pasado por el proceso de domesticación, se han vuelto compañeros habituales en muchos hogares.

En general, un animal doméstico, que desciende de cientos o miles de generaciones sometidas a la selección artificial de la mano humana, ha desarrollado ciertas adaptaciones que lo hacen más amigable para el ser humano, no solo en forma de rasgos fisiológicos más suavizados y agradables que su homólogo silvestre, sino también en un comportamiento más manso y amable.


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